
Todo empezó conmigo, Ivo. En ese momento estaba bastante perdida y buscando algo que me entusiasmara de verdad. Empecé a tomar clases de cerámica y no tardé mucho en pensar: quiero hacer esto todos los días, no solamente como hobby.
Así nació Elida Rosa, en un pequeño taller de cerámica en barrio Gral. Paz.
Elida Rosa era mi abuela Eli y su casa fue uno de mis lugares favoritos de la infancia. Ahí jugaba, inventaba mundos y pasaba las tardes de verano mientras ella trabajaba como costurera. Con los retazos que le sobraban hacíamos ropa para mis muñecas.
Su casa era un refugio: un lugar donde podía ser auténtica, jugar y sentirme libre. Cuando tuve que ponerle nombre a esta marca, elegí el suyo. Y con los años entendí que había algo de todo eso que también quería construir acá.

Poco después Pato se sumó a la marca.
Somos novios y desde entonces, socios. Lo que empezó como una idea bastante personal terminó convirtiéndose en nuestro trabajo, nuestro negocio familiar y, también, en una parte enorme de nuestra vida compartida.
Delegamos la producción de cerámica en un taller acá en Córdoba y eso nos dio algo que terminó siendo fundamental: espacio para imaginar qué más podía ser Elida Rosa.
Ahí llegaron las primeras estampas y los textiles. Empezamos por los manteles y ese universo fue creciendo con nosotros.

Las yerberas, por ejemplo, aparecieron casi por casualidad: queríamos aprovechar los recortes de tela de una producción que había salido bastante mal. Fueron un éxito desde el comienzo y terminaron abriendo la puerta a muchos de los objetos que hacemos hoy.
Hoy diseñamos estampas originales y, junto a nuestro equipo en Córdoba, las convertimos en objetos para la casa y la vida cotidiana.
Cambió muchísimo la forma de Elida Rosa desde aquel primer taller. El propósito no tanto.
El propósito
Nunca quisimos que disfrutar la vida dependiera de estar de vacaciones, tener una ocasión especial o esperar a que pase algo extraordinario.
Porque la mayoría de la vida sucede un martes cualquiera.
En el mate que preparás a la mañana.
En poner la mesa aunque coman dos.
En hacer más lindo el baño que ves todos los días.
En llevarte el almuerzo al trabajo.
En las pequeñas cosas que hacemos una y otra vez.
Por eso hacemos lo que hacemos.

Si van a acompañarnos todos los días, que sean unos que realmente nos gusten.